LA PERFECCIÓN CRISTIANA DEL ESFUERZO HUMANO

Ya decíamos que era de temer el que la economía de la acción humana se viera de derecho perturbada gravemente por la introducción de las perspectivas cristianas. La búsqueda y la esperanza del Cielo, ¿no tienden a desviar a la actividad humana de sus ocupaciones naturales, o al menos a eclipsar completamente su interés? Ahora vemos cómo puede, cómo debe no ser así. La conjunción de Dios y el Mundo acaba de realizarse ante nuestros Ojos en el campo de la acción. No, Dios no distrae prematuramente nuestra mirada del trabajo que nos ha impuesto. Él mismo, puesto que se presenta a nosotros como accesible gracias a este mismo trabajo. No, Dios no hace que se desvanezca, en su luz intensa, el detalle de nuestros fines terrestres, puesto que la intimidad de nuestra unión con Él se halla precisamente en, función de la perfección precisa que debemos a la menor de nuestras obras. Ejercitémonos hasta la saciedad sobre esta verdad fundamental, hasta que nos sea tan familiar como la percepción del relieve o la lectura de las palabras. Dios, en lo que tiene de más viviente y de más encarnado, no se halla lejos de nosotros, fuera de la esfera tangible, sino que nos espera a cada instante en la acción, en la obra del momento. En cierto modo, se halla en la punta de mi pluma, de mi pico, de mi pincel, de mi aguja, de mi corazón y de mi pensamiento. Llevando hasta su última terminación natural el rasgo, el golpe, el punto en que me ocupo, aprehenderé el Fin último a que tiende mi profunda voluntad. Semejante a estas temibles energías físicas que el Hombre llega a disciplinar hasta lograr que realicen prodigios de delicadeza, el enorme  poder del atractivo divino se aplica a nuestros frágiles deseos, a nuestros microscópicos objetos, sin romper su punta. Esta potencia es exuItante y, por tanto, no perturba ni ahoga nada. Es exultante; por tanto, introduce en nuestra vida espiritual un principio superior de unidad, cuyo efecto específico es, con arreglo al punto de vista que se adopte, santificar el esfuerzo humano o humanizar la vida cristiana...

 

¿Cómo temer que la ocupación más banal, la más absorbente, o la más atractiva, nos fuerce a salir de él? Repitámoslo: en virtud de la Creación, y aun más de la Encarnación, nada es profano aquí abajo para quien sabe ver. Por el contrario, todo es sagrado para quien distingue, en cada criatura, la parcela elegida de ser, sometida a la atracción del Cristo en vías de consumación. Reconoced, con ayuda de Dios, la conexión, incluso física y sobrenatural, que enlaza vuestro trabajo con la edificación del Reino Celeste, ved al propio Cielo sonreíros y atraeros a través de vuestras obras; y al salir de la iglesia a la ciudad ruidosa, ya no tendréis sino la sensación de seguir sumergiéndoos en Dios. Si el trabajo os parece insulso o agotador, refugiaos en el interés inagotable y sedante de

progresar en la vida divina. Si os apasiona, haced pasar por el, gusto de Dios, a, quien conocéis

mejor y deseáis mejor bajo el ve lo de sus obras, ese impulso espiritual que os comunica la Materia. Nunca, en ningún caso, “que comáis o que bebáis”... consintáis en hacer nada que antes no hayáis reconocido tenga un significado y un valor constructivo en Cristo Jesús. Esto no es sólo una lección salvadora cualquiera: con arreglo al estado y la vocación de cada uno, es la vía misma de la santidad. En efecto, ¿qué es para una criatura ser santa, sino adherirse a Dios con el máximo de sus fuerzas? ¿Y qué es adherirse a Dios al máximo sino, en el Mundo organizado en tomo a Cristo, cumplir la función exacta, humilde o eminente a que, por naturaleza y sobrenaturalmente, se halla uno destinado?